La Ventana

Amiga, ¿Tienes una ventana para ti? Eso me recuerda a Chiqui. Aunque ella no sabe el sutil encanto o el impacto que su ventana ejerció en mí, distante en kilómetros y en días, desde aquel que estuve de visita, en grupo, y quedé  un instante sola con la ventana, su ventana.
 He dicho impacto, pues colocada en el centro de una habitación de  pronto me percaté de que el paisaje entraba todo en la ella; casi lo podía palpar, lo mismo que el regusto del silencio conque llegó, tan independiente de las impresiones, de los saludos y las emociones y te pones en salvaguarda de los giros de la conversación, de las emociones negativas o  de los pálpitos que te producen los que no conoces, y del examen de conciencia que provocaban  las persona que van llegando por los descuidos que has tenido con los que aprecias y los ve ese día.
El pretexto era la comida y el texto era vernos, encontrarnos pero por esa condición humana que nos hace tan diferentes, unos están en lo que están y otros dejan que en vuelo el pensamiento quede asido fuertemente a un cabo, al que se agarran. Así fue como vine a quedar prendada de la ventana. Ella fue una especie de salvavidas. La impresión en mí dejada por   su peculiar atino fue mejor, mucho mejor; las palabras anteriores no alcanzan para expresar mi disfrute, por eso debo decir que entonces me salí por su ancha cuadratura y pude comprobar las peculiaridades que me habían llegado por la visión del paisaje que ella ofrecía.
 
Dejar que el paisaje se te adentre por la mirada e irte sencillamente, irte; esto lo saboreo, y escaparte por la ventana te coloca en otra dimensión; un paso de avance. Si señor, díganmelo a mí. Porque si sales por la ventana tienes la oportunidad  de irte sin pedir permiso y eso además de bueno es divertido, estás y no estás, como decía un loco. 
El otro asunto con lo de salirte hacia el paisaje que te dio la ventana es que tu imaginación se suelta e intuyes, atisbas  la vida que allí se arraiga. Si te lo cuentan te cansas de tanto que es, pero se la bebes por tu propia sed de saber, ella, la vida  te colma a tu medida, sin prisa, sin apuros, eso también es bueno porque en esos momentos las cosas no son como cuando haces la tarea. Ahí tienes la oportunidad  de ser adivina, científica, aprendiz de proyecciones, poeta y crítica de todo lo bueno que no ha sucedido con el paisaje para bien de determinadas expresiones de vida superior. 
Fuera de la ventana el tiempo se cuenta de otra manera y en un instante agarras un sinnúmero de impresiones tantas, me digo ahora, que esta pobre y noble hoja de papel no puede contene. De vuelta al círculo eres una invitada que siempre estuvo ahí.
 Sólo dos cosas más voy a decir a propósito de la ventana de Chiqui, que ella la ama y que de no amarla, ese cuadro hermoso no hubiese estado ahí donde lo vi. El asunto es, que un día fui a visitar a un enfermito y yo estaba muy tímida, casi como si molestara, necesitaba algo de que agarrarme pues me podía tambalear. De pronto, veo un cuadro que adornaba una pared y dije: ¡Oh! pero esa es la ventana de Chiqui. Alguien dijo, ¡Si, María! es ella. Yo me había iluminado al verla; me impactó de nuevo, casi como aquel día.
Lo otro que quiero decir es que tengo una ventana. Bueno, siempre hubo ventanas en mi vida pero sólo ahora la ventana adquiere el sentido que me la regala. Por ella  me asecha un lucero  pasando por los patios de mis vecinos y la luna en fases y devaneos me acompaña en idas y venidas.

Por María Hortensia De La Cruz 
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